SOKON BUSHI MATSUMURA
Había pasado poco tiempo desde que Napoleón Bonaparte controlara la garganta de Europa con la potencia de sus cañones, cuando el señor Sofuku Matsumura hacía gestiones para introducir a su hijo Sokon en el mundo de las Artes Marciales. Eligió para ello, al Maestro más reconocido en aquellos tiempos, un anciano de 78 años cuya reputación estaba fuera de toda duda.
Después de un largo viaje por los caminos polvorientos e infestados de peligros de la Okinawa feudal del siglo diecisiete, llegó por fin, después de pasar por varios controles policiales Chinos, a la ciudad de Naha. No tuvo problemas para encontrar la casa del Maestro, pues todo el mundo le conocía, no solamente por su fama como Artista Marcial sino por ser Magistrado.
Allí se encontraban padre e hijo delante de un venerable anciano, que más parecía un poeta que un aguerrido luchador. Las referencias que presentaba Sofuku eran buenas, de otra manera hubiera sido muy difícil ser recibido por el Maestro; él, era un celoso protector de las formalidades sociales.
"Déjame ver al muchacho", carraspeó el Maestro mientras hacia extraños movimientos con el cuerpo.
"Sokon," le dijo con voz firme, "empezar las Artes Marciales significa iniciar una nueva vida. Pronto te darás cuenta de que tu carácter y tu personalidad son más importantes que la habilidad o la fuerza física. ¿Crees que te podrás entregar con diligencia obedeciendo a todo lo que se te diga sin una palabra en contra?".
La precisión de la mirada del Maestro, lo directo de su voz y el ambiente solemne hicieron sentir al joven adolescente temprano, como si se estuviera encogiendo. Cuando acabó de hablar aquel anciano, Sokon miró a su alrededor como para ver si tenía autorización para hablar. Todos los presentes le miraban fijamente esperando no solo una contestación, sino en que forma y actitud la expresaba. Esta situación, ya se había producido anteriormente en la casa y, debido a la poca determinación en las respuestas de los candidatos, el maestro los había rechazado. El joven, inspiró lentamente, dejó salir el aire por si solo y, contestó por fin: "No le defraudaré".
Este fue el primer paso que dio Matsumura en el camino que le llevaría hacia la fama y le colocaría al lado de los inmortales del Karate. Este momento tan significante sería la semilla que germinando en el tiempo produciría maestros como Itosu, Chinen, Tawata, Yasuzato y Arakaki, los cuales sistematizarían el karate para acabar denominándose Shuri-te y Sho-Rin-Ryu.
Anteriormente a estos acontecimientos, el karate no se enseñaba como lo fue desde entonces hasta nuestros días. Incluso el nombre era diferente, se llamaba kara-te o to-de que quería decir "mano de espiga", posiblemente debido al echo de que era practicado solamente por los campesinos que tenían prohibido por el clan de los Satsura Japoneses el uso de armas. Anteriormente a la "reforma" de Matsumura, los diferentes estilos de Kara-te, recibían el nombre de los maestros que los enseñaban pero sin ninguna unidad haciendo cada uno su propia interpretación del arte. Matsumura, sin embargo, llamó a su estilo Sho-Rin-Ryu, traducido como "el estilo del bosque joven". Este estilo no debe confundirse con el antiguo arte Okinawense, el cual todavía se sigue practicando en las islas y que recibe el nombre mismo nombre de "Sho-Rin-Ryu" pero con una genealogía y traducción diferente,-"el estilo del bosque de pinos".
Una vez iniciado el proceso de tutelaje bajo la dirección de Sakugawa, el futuro Bushi (samurai) Matsumura se desarrollo rápidamente como un habilidoso experto artista marcial. Y sucedió, que el invierno de1816, se le encontraron suficientes valores como para ser reclutado en el servicio imperial como chicudon, importante título concedido directamente por el Emperador y, anterior en el rango al que recibiera años antes su propio maestro- peichin. Esto le permitió vivir holgadamente y contraer matrimonio dos años después. Su nombre era Yonamine Chiru, conocida por todos como una mujer muy inteligente y de gran fortaleza física. Venía de una familia de renombrados practicantes de karate, siendo en el futuro una influencia y un pilar importante que contribuyó notablemente en el desarrollo social y espiritual de su marido.
Como sucede siempre, la gente comenzó a compararles, incluso se discutía acerca de quién era el mejor de los dos en las habilidades de las artes marciales. Se decía de ella, que era capaz de levantar un saco de arroz con la mano izquierda y barrer el polvo por debajo con la escoba en la mano derecha. "¿Quién sería el mejor luchador?". Esta era una duda que flotaba en el ambiente de la ciudad. El espíritu apostador y la afición por los retos siempre han sido característicos del carácter propio del pueblo Okinawenses.
Esas dudas fueron resueltas una noche cuando regresaba la señora Matsumura de una fiesta que se había cebrado en el barrio de Kaki-no-hana. Cuando el alcohol corrió en exceso entre los festejantes, el ambiente comenzó a ser poco a poco demasiado borrascoso. Entonces, Matsumura dijo a su mujer que regresara a casa, mientras él permanecía allí un rato más. Comenzaba a caer la noche cuando Yonamine inició el regreso a su casa por un atajo polvoriento y sucio que llevaba al templo medio abandonado de Sogen-Ji. De repente, un ruido entre los arbustos, la hizo sobresaltarse. Dio un salto a otro lado de la senda, mientras veía como salían de la oscuridad tres hombres suciamente vestidos y mal afeitados. La miraron maliciosamente como predadores dispuestos a saltar sobre su indefensa presa.
Ella , dándose cuenta de la situación de peligro inminente en la que se encontraba, mientras daba un paso atrás, recuperó la respiración inspirando lentamente, y se situaba en una zona donde la vegetación era más densa.
"¡Quitaros del camino, o tendré que castigaros a los tres!", dijo ella, pretendiendo desconcertarles.
Su truco no caló entre los rufianes, que se rieron de estas palabras, e inmediatamente se colocaron a la derecha del que parecía ser el jefe del grupo. Yonamine se percató inmediatamente del liderazgo del más barbudo. Su mente instintivamente recordó que, en situaciones de agresión múltiple, siempre hay que tomar la iniciativa del ataque y dirigir éste contra el líder o el más fuerte del grupo. Esto provoca un desconcierto inicial que debe ser aprovechado con ventaja por el asaltado. "Quien da primero, da dos veces". El paso que dio hacia atrás y a un lado también tenía una importante razón estratégica: "En la lucha contra varios atacantes hay que moverse de tal manera que el líder siempre quede entre tú y los demás", recordó que le instruyó su padre.
Antes de que el barbudo diera un paso mas hacia delante, Yonamine saltó sobre él como un gato. El hombre parpadeó con una expresión de miedo en sus los ojos al ver como la cara plácida y femenina de aquella mujer se transformó en un instante en una mascara horrible con los alerones de la nariz ampliamente abiertos, los ojos como los de un demonio y la boca abierta con una mueca horrible enseñando unos amenazantes dientes.
Su kiay , sonó como un extraño relámpago en una noche estrellada. Nada parecía ser lógico, pensaban los malhechores. Su desconcierto era total. Y, antes de acabar de pensar en ello, la mujer caía al suelo con una pierna, giraba sobre ella y dirigía el talón de la otra directamente a la sien del hombre más fuerte. Sin parar la acción, apoyándose en el pie de la pierna que acababa de utilizar como un martillo, proyectó otra patada lateral que con el canto del píe que dio impactó la garganta del segundo hombre que la recibió anonadado. Cayó éste sobre una pila de maderas agarrándose la garganta sin apenas poder respirar. No se habían todavía enderezado las rodillas de Yonamine cuando se abalanzó nuevamente sobre el primero dirigiendo la punta de su codo contra su nuez.
El tercer hombre, todavía intacto, se paró al instante y al comprobar la situación en la que se encontraban sus compañeros. Mostró una expresión de cara de perro asustado y cobardemente salió corriendo lleno de pánico. En solo tres pasos Yonamine alcanzó al bandido asiendole por el cuello de la camisa , le aplicó una patada en la parte posterior de una rodilla y cayó sobre él. En una posición parecida a la de un jinete montando un caballo, le trincó del pelo, y antes de que éste se protegiera con las manos, el canto de la mano derecha de la indefensa mujer cortaba el cuello del hombre como un hacha. La arteria gruesa del cuello no pudo resistir el golpe y el hombre quedó tendido sin conocimiento.
Entonces arrastró a los tres insensatos hasta colocarlos sentados, espalda con espalda, y los ató con su obi, que es el fajín ancho con el que se sujetan las ropas las mujeres. No acabó aquí su acción. Arrancó el palo que mantenía el nombre del templo y lo arrojó sobre ellos como un último acto reivindicativo y de asco. En la inscripción se leía, -" Paz en el espíritu, paz en el cuerpo, paz en las manos, paz en los caminos." Muy apropiado...
Horas después, Matsumura volvía a casa siguiendo el mismo camino. Según se aproximaba al templo, se extrañó al oír ruidos como lamentos que provenían desde los arbustos circundantes. Curioseando a través de la oscuridad de los matorrales, se sorprendió al ver a tres hombres amarrados como si fueran ganado y uno de ellos con sangre seca pegada a la cara. Mientras los desataba, reconoció el obi de su mujer. Los liberó y sin más preguntas los dejó ir mientras observaba atónito como caminaban con dificultad mientras se perdían en la oscuridad de la noche.
Al día siguiente, durante la hora del desayuno, Matsumura dejó caer el cinturón encima de la mesa delante de Yonamine y dijo, "Creo que esto te pertenece".
Su mujer, envuelta en el polvo de la limpieza, recogió su obi y sin una sola palabra, continuo con su trabajo como si nada hubiera pasado. Matsumura se mantenía tranquilo pero una duda le rondaba la mente, - no podía comprender, cómo una mujer tan dulce, bella y hacendosa como la suya podría haber maltratado tan duramente a tres hombres. La educación tradicional Okinawense limitaba muchos las preguntas que un marido podía cuestionar a su mujer, el sentido de la ofensa y de la privacidad en aquellas épocas, eran muy respetados. A pesar de la sensación de tener gusanos en el estómago y la cara enrojecida por la duda, no se atrevió nunca a preguntar abiertamente. Estaba seguro de que ella había sido la responsable de ese desaguisado. Una maliciosa sonrisa, dibujaba en su rostro demostraba tímidamente,- que él sentía una gran admiración por ella y por lo que había hecho, pero que no podía demostrarlo abiertamente debido a las estrictas reglas sociales. Descubrió de esta manera secreta, que Yonamine era realmente una gran experta en el mundo del karate, y que su familia había ocultado perfectamente su entrenamiento.
Efectivamente, el kara-te, como se denominaba por entonces, se practicaba secretamente en el seno de familias cerradas que guardaban sus técnicas de puertas a dentro.
Desde entonces, una duda, le acompañó durante el resto de su vida, - "¿Qué sucedería si el mismo se encontrara un día en una situación similar?".
Ese día no tardó mucho en llegar. La familia de Yonamine estaban celebrando una fiesta familiar, cuando Matsumura comenzó a sentirse enfermo que es una forma más elegante de decir "mareado", y se retiró a descansar. Un poco antes del anochecer, haciendo gala de ese carácter burlesco típico de los Okinawenses, se vistió como un granjero, embadurnó su cara con carbón y, salió corriendo hacia un lugar llamado Daido Matsubara por donde él sabía que su mujer tendría que pasar para ir de vuelta a casa. Quería darle un buen susto. Se escondió en una acequia y esperó a que llegara su mujer.
Al cabo de un rato, la vio descender alegremente cuesta abajo llevando en una mano un balanceante furoshiki , un hatillo en el que transportaba diferentes cosas de utilidad doméstica. Cuando creyó que estaba suficientemente cerca, saltó de repente hacia ella gritando todo lo que podía mientras agitaba los brazos como un espantapájaros. Solo tenía la intención de paralizarla dándole un buen susto.
La reacción de ella fue instantánea y espontánea. Tiró el hatillo y salto verticalmente mientras lanzaba dos patadas al pecho del fantasma. El sorprendido Matsumura no tubo ninguna posibilidad de defenderse pues quedó más sorprendido que ella. Ahí, no acabó la batalla. Nada más tocar el suelo, Yonamine utilizó, como dos resortes, ambos brazos, cuyos puños descargaron toda la fuerza un mismo sitio de la cabeza de Matsumura.
Cuando empezó a recuperarse del mareo y de las estrellas que había visto como consecuencia de los golpes, se percató, de que su bonita y domestica mujer, le estaba atando a un árbol con el mismo obi con el que atara a aquellos bandidos.
Matsumura no fue capaz de desatarse durante toda la noche. Ella era una experta en hacer lazos y nudos imposibles de desatar. Cuando los primeros rayos del sol calentaban el amanecer y su cuerpo aterido de frío, vio a un hombre bajar la cuesta montado al trote un caballo blanco.
"¡Eh!," gritó Matsumura. "¿Desáteme, por favor!".
El hombre descabalgó y quedó atónito al descubrir que se trataba del gran Matsumura. ¿Cómo un hombre con su reputación podría encontrarse en semejante situación?.
"Comprendo," dijo Matsumura, muy consecuente y visiblemente avergonzado, "Se estará usted preguntando, qué ha pasado. Yo mismo casi no lo sé. Dejémoslo como está, el mundo es grande y he descubierto que puede haber artistas marciales mucho más hábiles que yo".
Después como un perro con el rabo entre las piernas, regresó humillado a casa. Su dulce mujer le miraba sonriente mientras escuchaba el cuento que su marido le estaba describiendo. "Esta noche me han atacado un grupo de hombres y he tenido que defenderme..." Mientras ella le servía el desayuno solo le dijo, - "Tienes que entrenar mas duramente". Luego cayó y continuó con su sencillez habitual, después de todo el orgullo del marido quedaba en casa. En ningún momento le hizo sentirse descubierto. No quería ridiculizar más todavía a su marido.
Matsumura contó la historia a su venerado Maestro Sakugawa y, este después de reírse un buen rato, decidió darle un buen consejo.
"Mi querido alumno, ¿donde está tu punto más vulnerable?.". El punto más vulnerable para un hombre son sus testículos y para una mujer los pechos. Ellas cuando combaten ponen toda la atención de no ser golpeadas ahí. La próxima vez que te enfrentes a una experimentada mujer artista marcial, amaga un golpe al pecho, ella perderá el equilibrio al intentar cubrirse, y entonces debes entrar en la lucha cuerpo a cuerpo practicando alguna técnica de Ju-jitsu para proyectarla al suelo. Pero si ella, da muestras de ser más fuerte que un hombre, entonces lanza tu primer ataque a esas zonas sensibles".
Matsumura, se sentía totalmente desanimado después de su derrota las manos de su mujer. Pensaba en el consejo de su maestro y no podía dejar de pensar en ello. Aunque fuera una mujer la que le había ganado, no podía entender como su karate se había desarrollado a medias, pues en aquellos tiempos también habían ronins, samurais vagabundos que también eran mujeres de gran peligro. Esperó hasta encontrar la oportunidad de la revancha que se produjo dos meses más tarde.
Yonbara, era el pueblo donde vivía la familia de Yonamine. Fue de visita sola, recorriendo andando la distancia que se cubría en un día de marcha desde Shuri.
Matsumura vio ahí su oportunidad. Antes de que el sol llegara al ocaso ya estaba camuflado detrás de unos juncos que bordeaban el camino. Haciendo gala de ese carácter teatral que tanto le gustaba, esta vez decidió vestirse de pescador, se untó la cara con aceite y arena como si se tratara de un viejo lobo de mar, de esa guisa esperaba no ser reconocido. Se escondió y espero.
Al poco tiempo de ponerse el sol, su mujer llegó con marcha ágil cargando su pequeño hatillo de viaje. Si esperar más dilación, Matsumura se lanzó sobre ella profiriendo simultáneamente un fuerte kiay ,( grito explosivo). En esta ocasión, Yonamine dio un paso a tras y comenzó a describir un círculo lentamente alrededor de él, como lo haría un gato listo para saltar. Sin más, él lanzó un tsuki , (golpe de puño directo), hacia su pecho con la intención que le había explicado su maestro, como un cebo. Efectivamente, esta acción provocó en ella una tanta consternación que permitió que Matsumura se acercara a ella hasta hacer un cuerpo a cuerpo. Agarrándola de frente por el hombro derecho y por el codo izquierdo la hizo caer al suelo con una zancadilla a la pierna derecha, osoto-gari. Por fortuna esta técnica no encierra mucho peligro pues la caída puede ser fácilmente controlada por el atacante. Yatsumura se limitó a dejarla caer contra la espalda sobre el suelo y, salió corriendo.
Yonamine quedó sola y muy consternada pero no herida,- dos ataques en tan poco tiempo era demasiado.
Matsumura llegó a casa corriendo, se lavó, se sentó en la mesa y esperó como si nada hubiera pasado mientras bebía un vasito de sake,(vino de arroz).
"Omedeto gozaimasu", dijo ella en un tono entusiástico cuando finalmente entró en la casa.
"Por qué omedeto," preguntó Matsumura, pretendiendo no saber de qué estaba ella hablando. "¿Qué he hecho yo para merecer esa felicitación?".
Con una expresiva sonrisa reflejada en su cara, ella dijo,-"Estoy feliz porque después de hablar con el Maestro Sakugawa, por fin has aprendido a como combatir contra una mujer experta en artes marciales". Matsumura la miraba atónito. Había sido descubierto. No entendía nada. Ella debería mostrarse muy enfadada y muy ofendida por haber perdido. Después de todo cuando él fue derrotado, ¡ tardó tres meses en recuperarse!,y, ¿ ahora ella venía contenta habiendo sido derrotada?. No entendía nada.
"Querido marido", comenzó a hablar ella en un tono materialista.- "Hoy has aprendido dos grandes lecciones. La primera es que en combate no hay distinciones entre hombres y mujeres. Un oponente es un oponente. En algunas ocasiones, como has comprobado, una mujer puede ser mucho más peligrosa que un hombre si esta bien entrenada en el mundo de las artes marciales. Y, la segunda , que el corazón de la mujer siempre se alegrará por la victoria de su marido aunque ella sea la que pierda. Nosotras somos luchadoras silenciosas en constante pelea contra la vida diaria. Esta vida no tiene sonoras recompensas para nosotras, pero cuando veo a mi marido feliz y orgulloso por haber tenido una victoria, entonces por unos momentos nos sentimos felices y orgullosas de haber contribuido a su felicidad. Siempre he sabido que tu eras el atacante, y me he sentido triste durante estos meses por tu anterior derrota. Ahora estoy feliz".
Acabando de decir esto, abrazó a Matsumura y se fue a barrer el suelo levantando un saco de trigo de 40 kilos con una mano y barriendo por debajo con la otra...
Matsumura quedó anonadado por la profundidad y humildad de su mujer. Con cada lágrima que caía por sus mejillas sintió como un poder enorme invadía su espíritu. El espíritu de la humildad y de la sencillez que le acompañaron durante el resto de su vida .

Las Artes Marciales tienen en si mismo, no solo el poder de la destrucción, sino la caricia de la sensibilidad. Ambos extremos como el Ying y el Yang, se complementan, uno no puede existir sin el otro y de producirse esta circunstancia , se producirá un gran desequilibrio.
Las Artes Marciales por medio del entrenamiento físico y riguroso fortalece el cuerpo hasta límites insospechados; rompimientos de piedras, combates durísimos, entrenamientos agotadores, etc, y por medio de la meditación y las conversaciones con el sensei,( profesor director de la escuela). La delicadeza de la filosofía penetra, poco a poco, durante el trascurso de muchos años en el espíritu del iniciado. El artista marcial tiene en su mano la posibilidad de crear vida o causar muerte y entre esos extremos discurre su existencia. La humildad y la sencillez desarrollados durante muchos años de practica le harán comprender un día cualquiera,- ¿Por qué Dios escucha las lagrimas de las mujeres?,o, ¿Por qué en una mano un saco y en la otra una escoba?. Preguntas sutiles que encuentran la adecuada respuesta solo, en el espacio silencioso de la meditación o, en el mundo profundo de la mente de la mujer.

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